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1.08.2009

víscera

***

no conozco el color
ni el idioma autómata
de lo que me hunde al mundo,

una colmena en mi pecho,
bisbea.

el enjambre eléctrico en mi cráneo,
murmura:

boca,
cabellos,
dentadura,

intestinos.

un animal paralelo
se curva,
retuerce fuera de mí,

como buscando humanidad.

cualquier día de estos
moriré sin darme cuenta,
entonces,
ese animal de entrañas,
como otro que también soy:

andará las calles convulso,
tierno como recién venido,
más certero y más lúcido,
también,
a pesar de mí

y el lastre de mi cadáver.

perro salvaje

***

Olfateando, royendo, andar de tajo por el puro instinto, con la ingenuidad primigenia de unos ojos oscuros de paloma descerebrada, me-cá-ni-ca-men-te, me-cá-ni-ca-men-te hacer el zig zag de las patitas rojas aborazándose sobre los trocitos de pan, con la cabecita en blanco y haciendo el tic tac tic tac, atrás y adelante, atrás y adelante y la cabecita péndulo tic tac tic tac, como robótica, absurdamente viva.

Preferiría ser una hiena con el pelambre tieso, de tierra, un perro salvaje, un caballo desbocado, frenético, un búfalo expelido de la manada, un buitre cóndor velando la carroña ocre roja suculenta, un rey jabalí, un jabalí furioso asolando una isla sola como el señor de las moscas. Aterrar al hombre, me-cá-ni-ca-men-te.

Preferiría eso, cualquier cosa y no la fisura del tiempo y el espacio en la que soy tres, cuatro, veinte pares de ojos que se dispersan y miran desde todos lados las líneas que fluyen, cortan, se curvan y cierran y abren y forman ventanas, paredes, marcos de puertas, molduras innecesarias, bultos y cuerpos y rostros insostenibles, tic tac tic tac, mueven la cabecita zig zag zig zag.

Veo mi lengua, veo a Jimena con su cara de boba desinteresada, me veo diciendo, luchando contra mi lengua embrutecida, fofa, alcoholizada. Decir algo, lo que sea, aunque mis palabras sean inentendibles, lejanas, licuadas en la nata sonora de la música, las risas, las palabras otras de las cabecitas tic tac, ininteligibles.
Y estoy ahí, fundido en una gruesa coraza de plástico, en una pecera con piedritas de colores y ventanitas y marcos de puertas y paredes y personas y observo observo observo, me observo observando sus piernas, los pliegues rugosos de su falda, oliendo la carne, husmeando en el halo pastoso del olor a maquillaje, cigarro, cerveza, perfume.
Olfateando.

Y estoy ahí, y soy yo, ese soy yo, soy yo. Carajo, como me gustaría ser un perro salvaje.

la próxima vez

***

Estás conmigo por venganza, digo, en cualquier otro momento, estoy casi seguro que no lo aceptarías, lo sé, lo sé muy bien, pero, por ahora no importa, me vale madre y no, a la vez, no me molesta y sí, me lastima un poco, como me lastima cualquier cosa, pero uno lo supera y ya, nada, tú me entiendes, bueno, y sí, tal vez, el orgullo, tú sabes, el ego, ya sabes, no, no necesariamente, no lo suficiente como para inquietarme y no aceptar el hecho de volver a estar "juntos"… al menos de esta forma.


La próxima vez pediré una habitación sin espejos, no es nada placentero tener que vernos los rostros después del sexo.

clonozepam

***

Ahora que estoy más deprimida que cualquier otro día ya no puedo tomar clonozepam, desde mi ventana veo los carros, las vecinas, los niños y los perros como en un cataplasma, todo revuelto, todo raro, y las casas, las viejas casas que desde niña no han cambiado nada, son como covachas donde la luz de las lámparas mercuriales no entra. No distingo bien a las personas que pasan por la calle, son animales o sombras o bultos, todo se revuelve, me duele la cabeza.

Cuando me deprimo no se me ocurre hacer otra cosa que ver la televisión, pero eso me deprime más, o salir a escondidas a fumar, el psiquiatra dice que la nicotina me altera, pero me siento mejor cuando fumo. Tengo que robarle los cigarros a Juan porque lo mejor es quedarme en casa unas semanas; no debo salir a la tienda, no debo ir a la calle. Ana y Caro a veces me visitan, pero después de un rato se aburren y se van porque no tengo mucho qué decirles, me molesta un poco que me miren con esas caras de pobrecita, está enferma, y que finjan alegría, gusto de verme, pero igual, son mis amigas y en el fondo ellas saben que tampoco son felices.

Las manos me tiemblan, he intentado llamar a Yolanda pero su esposo siempre dice no se encuentra, seguro piensa que como ella ahora está bien no debe hablar con nadie que le recuerde el manicomio. Me cayó bien la Yola, me dio mucha risa cuando en los grupos de la clínica dijo que su Roberto era un viejo calvo panzón y controlador, y se puso a llorar y todas nos pusimos serias. Yola es muy bonita, su pelo es negro, largo y lacio, su piel es blanca blanca, se le ven unas venitas azules en las piernas, parece una niña pero ya tiene veintisiete años; pasábamos las noches hablando, me contaba de su hijo Jonatan, de Roberto y de lo frustrada que se sentía por no poder salir de la clínica. Nunca me dijo por qué estaba internada.

La olanzapina no es lo mismo, extraño el clonozepam, me tranquilizaba tanto, me dolía menos mirar por la ventana y no comprender nada, no entender ni un poquito de nada de lo que ocurría afuera; pero el psiquiatra dijo que el clonozepam mata las neuronas, que la olanzapina es mejor, no crea dependencia, pero eso no me importa. Me hubiera intoxicado con otra cosa, para que me recetaran el clonozepam y no al revés, fui una tonta.

Pocas veces veo a Juan, hay ocasiones en que no llega a dormir, cuando lo veo le sonrío pero me voltea la cara, dice que está ocupado y que tiene muchas cosas qué hacer; pero yo sé que no quiere pasar tiempo en la casa, está molesto conmigo. Una vez desayunábamos y se me quedó mirando y me dijo algo así como fue una pendejada lo que hiciste, sólo piensas en ti y te vale madre lastimar a las personas, mis papás se quedaron callados, mamá agachó la cabeza y papá fue a la cocina a servirse más café, su taza estaba casi llena.

No me gusta estar sin hacer nada, de pronto me entra la ansiedad, la angustia, y tomo algún libro de los que Juan tiene en su cuarto, me desespero y lo abandono a las cinco, diez páginas. Llamo a Yolanda aunque sé que su esposo me va a contestar un no se encuentra, veo la televisión, intento dormir, extraño el clonozepam, fumo, me baño cuatro veces al día (el agua caliente me serena), me meto al cuarto de Juan, veo sus papeles, sus libros y las fotos de gente que no conozco, de sus dos o tres amigos, me recuesto en su cama y pongo el dividí, intento ver una película de las que él tiene, me aburren, son aburridísimas, la devuelvo al estante y salgo del cuarto revisando cuidadosamente que todo quede en su lugar, no se vaya a molestar.

Me siento tan desesperada, me asomo por la ventana, afuera todo es tan confuso, tan extraño. Ojalá no llueva, me ponen tan nerviosa las tardes nubladas.

parsimonia

***

quietud.

la calma llegó
bajo el oscuro puente
donde el mundo,
lento,
se hunde,
agrieta y
gotea
a los ojos
de cualquier mujer.

ahora
que la realidad
desploma
o
fluye
o
estanca,

yo,

quien bajo el
oscuro puente
soy lo que transcurre,
lo que dilata
o empequeñece:


me acostumbro tanto a todo,
me he acostumbrado tanto a todo,

y tan fácil.