2.24.2010

la hermosura para qué/julio martínez mesanza

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Las campañas de mayo

Otros recuerdan los jardines falsos
del amor y los días en que amaron
o creyeron amar, y otros, los libros
que leían de niños y marcaron
su vida para siempre, ya que nunca
pudieron entender cómo es el mundo.
Y todos se consuelan de esta forma
e incluso se entusiasman cuando sienten
que la memoria puede moldearse
a voluntad y dar lo que no daban
el amor, los jardines y los libros.
Yo recuerdo las cosas que no hice:
las campañas de mayo sobre todo.


He soñado de nuevo con jinetes

He soñado de nuevo con jinetes
pesadamente armados. A lo lejos
acampan. Vemos la humareda enorme
de sus festines y sus grandes sombras.
Sabemos que vendrán tarde o temprano,
y ante su carga no valdrán las hachas
ni las cobardes hoces, ni la astucia.
Sobre nuestras espaldas de vencidos
golpearán terribles sus espadas.
Quisiera desertar, pero me dicen
que sé algo de estrategia y que soy joven.
Quisiera estar del lado de los otros.



Cuestiones naturales II

Vagas estrellas que arden para nada;
muertas lunas que surcan el vacío;
el cielo que vigila nuestro insomnio,
y, aquí abajo, la sucia piel del mundo
y la vida, su huésped más terrible.
Lo incomprensible no es que lo crearas,
sino que, pese a conocer lo absurdo
que era para los hombres tu universo,
te hicieses uno de ellos y quisieras
participar en esta pesadilla.



El cautivo

Dioses bajo la luz celeste y pura
luchan en la cubierta de la nave.
Escucho sólo el ruido de las armas
mientras intento ver desde lo oscuro.
Sólo el eco merece mi ceguera
e imagino el combate que no vivo.



Nunca he visto gozosa a la discordia


Nunca he visto gozosa a la discordia.
No conozco el olor que tiene el campo
después de la batalla. Nunca he visto
caballos sin jinete entre las picas
vagar y entre los muertos. No conozco
la voluntad de ser invulnerable
ni el estupor que nace con la herida.



Los prisioneros

A Lorenzo Martín del Burgo

Él era de una raza de gigantes.
Mirábamos sus ojos, y su orgullo
nos sojuzgaba. Mucho ponderamos
su grandeza de espíritu, su forma
de arrastrar las cadenas en la jaula.
Era la dignidad y lo inasible,
un astro en torno al cual todo giraba.
Cuando fue deportado, nuestras vidas
perdieron su más clara referencia:
allí permanecía aquella jaula,
pero sin nuestro superior trofeo,
y el tiempo en el cuartel se hizo insufrible.
En vano organizarnos correrías,
saqueos sistemáticos y asaltos
por sorpresa; fue inútil disfrazarnos
con harapos y entrar en las ciudades
del enemigo y practicar secuestros:
ningún botín podía devolvernos
la confianza perdida y la victoria
dejó de ser hermosa y el combate
se convirtió en oficio de asesinos.
Vemos la noche desde nuestra jaula
y nos imaginamos yermas lunas
más lejos cada vez unas de otras
y un sol sólo ceniza a la deriva
del que también se alejan esas lunas.
Entonces la traición de nuestros jefes
y todos nuestros crímenes no importan;
aunque tarde, aprendemos la renuncia
y viene a consolarnos el desprecio.



Nínive

No soy feliz, ni lo seré venciendo.
Ya no quiero vencer. Lanzo la flecha,
pero la estéril ansiedad persiste.
Mando romper el nervio de los arcos
y la ansiedad persiste. Ya me hiere
todo rumor y escucho predicciones
sobre eclipses e imperios. El insomnio
me devuelve un pretérito manchado.
La vejez de los dioses es inmensa,
y mil generaciones de los hombres
alcanzan lo que alcanza su agonía.
Los crímenes de un dios jamás prescriben,
se arrastran como siglos por los siglos
ensuciando los ojos de lo eterno.
Todo lo que alcancé ya no me sirve.
No quiero ver a la mujer gozada.
No quiero ver el campo victorioso.
No quiero ver las torres ni los templos.
Ni las palabras dichas ya me sirven:
escapan sin sentido de mi boca.
Todo lo que contemplo se empobrece.
Ningún alivio encuentro en los paisajes
que los hombres aprecian. Ha salido
muchas veces el sol, muchas ha muerto.


Remedia amoris I

Amigos, el amor me perjudica:
no permitáis que caiga nuevamente.
Podemos emprender una campaña
o el estudio de textos olvidados:
algo que me mantenga distraído.
No me habléis de la dulce voz de aquélla
ni del hermoso talle de esa otra.
Quemad todo retrato, ensordecedme,
poned sus armas en mis propias manos:
si sé el secreto su poder se extingue:
ellas son incapaces de ternura.


La hermosura para qué

En el ala del miedo. En eso vienes
pensando. En el extremo sin escudo.
Porque siempre has pensado en cosas raras,
y la tarde oscurece desvalida.
En tres mujeres que no tienen hijos
ni los tendrán jamás. En ellas vienes
pensando. En el extremo sin escudo,
porque la vida está desprotegida.
La fiesta de la luces en las torres
que nunca duermen. En las torres vienes
pensando. En la tristeza de las torres.
En el hermoso orgullo desvalido.
En la hermosura para qué. En el ala
del miedo. En el extremo sin escudo.
Porque siempre has pensado en cosas tristes.
Y son tan dulces y no tienen hijos.

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2.22.2010

pez suelto y pez amarrado/herman melville, moby dick


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La alusión que hemos hecho en el penúltimo capítulo a las marcas y banderolas requiere una explicación sobre las leyes y normas de la caza de ballenas, de la cual la marca es símbolo y divisa.

Suele ocurrir que cuando varios barcos navegan juntos, uno de ellos puede herir a una ballena que logra escapar, para después ser capturada y muerta por otra nave: en este caso están comprendidas muchas contingencias menores, cada una de las cuales es partícipe de ese hecho general. Por ejemplo: después de una caza fatigosa y llena de peligros, una vez que se ha capturado una ballena puede ocurrir que su cuerpo se aparte de la nave impulsado por una borrasca violenta y se aleje a gran distancia, por sotavento, hasta que la toma otra ballenera que, en medio de una bonanza, lo remolca cómodamente, sin arriesgar vida ni lanzas. Así surgirían las disputas más hirientes y violentas entre los pescadores si no existiera alguna ley universalmente admitida, escrita o no, aplicable a todos los casos.

Quizás el único código ballenero oficial autorizado por un decreto legislativo fue el de Holanda. Fue aprobado por los Estados Generales en 1695, anno Domini. Pero aunque ninguna otra nación ha tenido nunca una ley escrita sobre la caza de ballenas, los pescadores norteamericanos han sido sus propios legisladores y abogados en ese ámbito. Han creado un sistema que supera en limpidez y concisión a las Pandectas de Justiniano y a los estatutos de la “Sociedad China para evitar injerencia en asuntos ajenos”. Esas leyes podrán grabarse en medio escudo de la reina Ana, o en la punta de un arpón, y llevarse en torno al cuello, tal es su brevedad.

I.Un pez amarrado pertenece a la parte que lo amarra
II.Un pez suelto es buena presa para el primero que lo atrape

Pero la trampa de este código magistral es precisamente su admirable brevedad, que exige todo un volumen de comentarios e interpretaciones.

Primero ¿qué es un Pez Amarrado? Vivo o muriendo, todo pez se considera técnicamente amarrado cuando está unido a una nave o bote por cualquier medio que puedan dirigir su ocupante o sus ocupantes: un mástil, un remo, un cable de nueve pulgadas, un alambre telegráfico, una hebra de telaraña, cualquier cosa da lo mismo. Asimismo, todo pez se considera técnicamente amarrado cuando lleva una marca o cualquier otro símbolo de posesión aceptado, siempre que el poseedor demuestre en un momento dado su habilidad para acercarse al pez y su intención de hacerlo.

Éstos son comentarios científicos: pero los comentarios de los propios balleneros a veces consisten en palabras muy duras y en golpes aún más duros: el Coke-upon-Littleton de los puños. Es cierto que entre los balleneros más rectos y honorables se hacen concesiones especiales en casos determinados, cuando sería una atroz injusticia por una de las partes exigir la posesión de una ballena ya capturada y muerta por la otra parte. Pero hay otros menos escrupulosos.

Hace unos cincuenta años se produjo en Inglaterra un curioso litigio en torno a una ballena. Los demandantes declararon que después de una ardua caza en los mares nórdicos y cuando ya habían logrado arponear el pez, el peligro que corrían sus vidas los había obligado a abandonar no sólo las líneas, sino también el bote. A continuación, los demandados (la tripulación de otra nave) se habían precipitado hacia la ballena para herirla, matarla, atraparla y al fin apropiársela ante las mismas narices de los demandantes. Y al recibir estos demandados las correspondientes reclamaciones, el capitán había hecho una castañeta en la cara de los demandantes, declarando que para celebrar su hazaña se quedaría también con la línea, los arpones y el bote, todavía unidos a la ballena en el momento de captura. Por eso, los demandantes, exigían indemnización por el valor de la ballena, la línea, los arpones y el bote.

El señor Erskine era el abogado de los demandados; Lord Ellenborough era el juez. En el transcurso de la defensa, el ingenioso Ellenborough ilustró su posición citando un reciente caso de adulterio en que un caballero, después de procurar en vano refrenar la depravación de su mujer, la había abandonado en los mares de la vida; pero con los años, arrepentido, había entablado una acción para reclamar la posesión de la mujer. Erskine representaba a la otra parte, y se había defendido alegando que aunque el caballero había sido el primero en arponear a la dama y en amarrarla, y si bien la había abandonado sólo a causa de su excesiva depravación, con todo la había abandonado. Por consiguiente, cuando un caballero ulterior le había arponeado nuevamente, la dama había pasado a ser propiedad de ese caballero ulterior, juntamente con cualquier arpón que se le hubiese podido encontrar en el cuerpo.

Ahora bien, en el presente caso, Erskine sostenía que los ejemplos de la ballena y la dama se ilustraban recíprocamente.

Oídas estas razones y las opuestas, el docto juez declaró en términos precisos lo siguiente: en cuanto al bote, lo asignaba a los demandantes, porque lo habían abandonado para salvar sus vidas; pero en cuanto a la ballena, los arpones y la línea en controversia pertenecían a los demandados. La ballena, porque era un pez suelto en el momento de la captura final; los arpones y la línea, porque cuando el pez había huido con ellos había adquirido posesión de esos elementos y, por lo tanto, cualquiera que después atrapara al pez tenía derecho a ellos. Ahora bien: los demandados habían atrapado el pez; ergo, los mencionados artículos les pertenecían.

Un hombre corriente quizá podría objetar esta decisión del muy docto juez. Pero si cavamos hasta las rocas fundamentales de este asunto, los dos grandes principios expuestos en las dos leyes balleneras antes citadas y explicadas por Lord Ellenborough en el susodicho caso, esas dos leyes acerca del Pez Amarrado y el Pez Suelto, descubriremos que son las bases de toda la humana jurisprudencia; pues a pesar de la complicación de sus esculturas, el Templo de la Ley, como el Templo de los Filisteos, sólo tiene dos puntales como sostén.

¿Acaso no está en boca de todos esa frase según la cual “la posesión es la mitad de la ley” (es decir, sin considerar cómo ha llegado a ser poseído el objeto)? Pero con frecuencia es la ley entera. ¿Qué son los músculos y las almas de los siervos rusos y los esclavos republicanos sino Pez Amarrado, cuya posesión es la ley entera? ¿Qué es el último céntimo de la viuda para el rapaz propietario sino Pez Amarrado? ¿Qué es la casa de mármol de ese granuja aún no desenmascarado, con una chapa en la puerta a guisa de banderola, sino Pez Amarrado? ¿Qué es el ruinoso interés que Mordeacai, el prestamista, cobra al pobre infeliz que está en bancarrota, sobre un préstamo que salvó a la familia del infeliz hombre; qué es ese ruinoso descuento sino Pez Amarrado? ¿Qué es la renta de 100.000 libras que el arzobispo de Salvánima sustrae del magro pan y queso de cientos de miles de obreros con el espinazo roto (todos seguros de obtener el cielo sin necesidad de Salvánima), qué es esa cifra de 100.000 libras sino Pez Amarrado? ¿Qué son las ciudades y las aldeas heredadas por el duque de Badulauque, sino Pez Amarrado? ¿Qué es la Irlanda para el pobre John Bull, ese temible arponero sino Pez Amarrado? En todos estos casos, ¿la posesión no es la ley entera?

Pero si la doctrina del Pez Amarrado es casi siempre aplicable, lo es más la doctrina del Pez Suelto: se le aplica internacional y universalmente.

¿Qué era América en 1492, sino un Pez Suelto en el cual Colón plantó la bandera española como marca de sus reales amos? ¿Qué era Polonia para el zar? ¿Y Grecia para los turcos? ¿O India para los ingleses? ¿Qué será un día México para los Estados Unidos? Todos son Peces Sueltos. ¿Qué son los derechos del hombre y las libertades del mundo, sino Pez Suelto? ¿Qué son las mentes y las opiniones humanas sino Pez Suelto? ¿Qué es el principio de la fe religiosa, sino Pez Suelto? ¿Qué son los pensamientos de los filósofos para los pomposos plagiarios, sino Pez Suelto? ¿Qué es este enorme globo, sino Pez Suelto? ¿Y qué eres tú, lector, sino un Pez Suelto y también un Pez Amarrado?

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2.15.2010

celeste amor/bosé

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átame con fuerza en corto a tu piel/
y a no vivir más que del pan de tu deseo/
a la medida exacta de tu peligrosa
y honda noche
con la ley de cada día/
que nos quieran siempre libres
de hacer eso que el amor en cualquier caso haría/
dicen que la soledad
es no tener no tener a nadie a quien volver/
no es a tu celeste amor a quien siento echar de menos si no a ti/
siento mucho más/
no poderte echar mucho más/
más de menos/
átame con mano dura a tu piel/
y a no comer más que del pan de tu deseo/
a la cintura estrecha de tu poderosa
y santa noche y sin ley/
no es a tu celeste amor/
a quien siento echar de menos sino a ti/
siento mucho más/
no poderte echar mucho más/
más de menos/
why your love’s not holding mine/
why your love’s not loving mine/
where’s then your love/
velvetina.


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2.08.2010

la confesión de un hombre que nunca conoció el viejo oeste

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una muerte digna
murmuraba leroy parker,
revuelto su cabello,
pálido el rostro por el claro de luna,
una muerte solitaria, decía,

nacer y morir,
nacer y morir,
00000000000000000000solamente.

pero leroy parker no era viejo

nunca sus cabellos se atiesaron
en las sulfurosas tormentas de dodge city,

jamás de sus manos enjugó la sangre
de hombre alguno,

nunca

el pecho desbocado
el ansia en la garganta
el negro vapor
la pesadumbre del hierro,

jamás

el galope el corazón turbio
la helada inmensidad de la patagónica estepa.

una muerte digna
y solitaria

confesaba leroy parker,


pero leroy no era viejo
y nunca la muerte fue tan roja como la sangre
ni blanca como los colmillos del lobo

ni absurda
ni grotesca

00000000000000como como la vida de los hombres.

***